Profundización antropológica

Antropología para comprender a la persona

Para comprender de verdad a un alumno, a una familia o a quien atraviesa una dificultad no basta con describir su conducta.
Hay que atender al cuerpo, la vida psíquica y la apertura personal, sin confundir lo más visible con lo más importante.

01 Cuerpo02 Vida psíquica03 Persona

El punto de partida

La persona no es una suma de capacidades

Uno de los aspectos más radicales y, a menudo, más olvidados por la didáctica y la educación pertenece a la antropología: qué entendemos por persona. Toda forma de evaluar, enseñar o acompañar presupone una respuesta, aunque no siempre se haya hecho explícita.

Una persona no es solo cuerpo, pero tampoco queda explicada al añadir al cuerpo un conjunto de facultades psíquicas. Es un «quién» singular. Su inteligencia, voluntad y afectividad son decisivas, pero ninguna de ellas por separado, ni todas sumadas, agotan su identidad.

Educar es ayudar a crecer sin reducir a la persona a aquello que puede medirse, entrenarse o corregirse

Tres planos inseparables

Cuerpo, vida psíquica y dimensión personal

Las tres dimensiones están presentes desde el comienzo, aunque no se manifiestan con la misma intensidad ni cumplen el mismo cometido. Distinguirlas permite integrarlas sin reducir unas a otras.

01

Dimensión corporal

El cuerpo es el sustrato necesario de nuestra presencia en el mundo. En el aprendizaje importan el desarrollo neurológico, las redes que permiten automatizar tareas, la coordinación, la memoria, la rapidez de procesamiento y la posibilidad de atender a varias operaciones.

Estas capacidades explican parte del rendimiento y deben evaluarse con rigor. Sin embargo, rapidez, soltura o memoria no equivalen por sí solas a una inteligencia más plena. Lo corporal hace posible la expresión de la persona, pero no la define.

02

Dimensión psíquica

En la vida psíquica aparecen la inteligencia, la voluntad y la afectividad. La inteligencia no consiste únicamente en operar con información: permite comprender, relacionar y presentar a la voluntad bienes que merecen ser elegidos.

La voluntad orienta la actuación y ayuda a sostener decisiones. La afectividad no es un añadido decorativo: toda experiencia y todo aprendizaje van acompañados por emociones. Educar significa integrarlas para que ayuden a reconocer la realidad y a actuar con libertad en ella.

03

Dimensión personal

La persona humana no está llamada únicamente a adaptarse al medio. Busca significado, se pregunta por el porqué de lo que vive y puede orientar libremente su vida hacia aquello que considera valioso.

Comprender no es solo identificar qué tenemos delante, sino captar qué significa dentro del conjunto de la propia vida. En esta apertura aparecen la intimidad, la libertad, el conocimiento personal y la capacidad de amar y destinarse a otros.

Facultades que cooperan

Inteligencia, voluntad y afectividad

Separar radicalmente estas facultades conduce a una educación fragmentada. La inteligencia necesita conocer la verdad de las cosas; la voluntad necesita descubrir un bien al que merezca la pena adherirse y dirigirse; y la afectividad necesita vínculos y experiencias capaces de expresar por qué ese bien importa.

No basta con pedir esfuerzo. Para querer estudiar, el alumno necesita descubrir el bien que se esconde en una tarea costosa. Tampoco basta con buscar emociones agradables o aprendizajes cómodos y divertidos: si el sentimiento se convierte en el único criterio, la libertad queda sometida a lo que apetece en cada momento. Estudiar implica esfuerzo y al esfuerzo hay que acostumbrarse para que la técnica pueda mostrar su eficiencia.

La maduración exige que la inteligencia ilumine la acción, que la voluntad sostenga lo reconocido como bueno y que la afectividad se vaya integrando en esa dirección. No son compartimentos estancos: forman una unidad viva.

Más que escoger

Libertad, apertura y sentido

La libertad no consiste únicamente en seleccionar una posibilidad entre varias. También es capacidad de apertura, búsqueda y destinación: la posibilidad de orientar la propia vida hacia alguien o hacia algo que merece ser amado.

El ser humano experimenta un deseo de plenitud que ninguna realidad limitada satisface por completo. Ese anhelo puede concretarse de formas buenas o equivocadas, pero revela que la persona no queda encerrada en su funcionamiento inmediato.

Desde una comprensión cristiana, esta apertura alcanza su horizonte último en Dios. Lo sobrenatural no anula lo natural, sino que puede asumirlo y elevarlo: la inteligencia, la voluntad, los afectos y los vínculos encuentran una unidad más profunda cuando la persona descubre para quién y para qué vive.

Aplicación educativa

No confundir lo evidente con lo importante

El rendimiento ofrece información valiosa, pero puede convertirse en una medida injusta de la persona cuando se interpreta fuera de contexto.

Rapidez

Ser rápido no equivale a comprender mejor

En Secundaria suele considerarse «listo» a quien capta y opera con rapidez (sobre todo si saca buenas notas). Esa facilidad tiene valor, pero pertenece especialmente al plano funcional y no garantiza profundidad, madurez o capacidad para orientar bien la propia vida. Ni mucho menos confirma salud mental o espiritual.

Esfuerzo

La voluntad tampoco lo explica todo

La perseverancia y el trabajo pueden convertirse en virtudes. Pero un esfuerzo separado del sentido puede desembocar en voluntarismo, comparación o resentimiento cuando los resultados no corresponden a lo invertido. 

Sentido

El aprendizaje necesita un para qué

Estudiar cobra profundidad cuando no se vive solo como competición o búsqueda de reconocimiento, sino como una forma de conocer la realidad, crecer y prepararse para aportar algo a los demás. Si el aprendizaje no nos lleva a amar más y mejor desde la entrega por amor es inútil e incluso contraproducente.

Acompañar el crecimiento

Educar sin apropiarse de la vida del otro

Los hijos no son ni un derecho ni una propiedad de los padres ni mucho menos un medio para satisfacer deseos no realizados. También el educador está llamado a crecer mientras acompaña. Educar es ayudar a descubrir grandes verdades, primero mediante el ejemplo, después mediante hábitos y finalmente en una relación personal que permita comprender su sentido.

Esto obliga a poner cada dificultad en su medida. A veces será necesario intervenir sobre una capacidad concreta; otras, enseñar un método, ordenar hábitos, reparar un vínculo o devolver esperanza. La solución correcta depende de haber comprendido antes qué plano está implicado y cómo se relaciona con los demás. Pero nunca se puede perder de vista que la educación es una siembra que raramente nos dejar ver la cosecha. 

Otros cosecharán, por eso educar es una vocación basada en el amor que implica esfuerzo y poco reconocimiento si se esperan resultados a corto plazo.

Referencia filosófica

Leonardo Polo y la estructura donal

Mi principal referencia para profundizar en esta mirada es la antropología trascendental del prof. Leonardo Polo. Su pensamiento permite distinguir la naturaleza humana de la persona y comprender la intimidad, la libertad, el conocer y el amar como dimensiones abiertas que describen el núcleo de la persona sin limitarla y no como simples propiedades aisladas estáticas.

Me interesa especialmente la estructura donal: recibimos antes de poder dar, pero la madurez personal se expresa cuando somos capaces de convertir lo recibido en don. Esta idea ilumina la vocación, el amor humano y también la tarea educativa.

Para profundizar: Leonardo Polo, Antropología trascendental I. La persona humana, Eunsa, Pamplona, 2010; Diego Cazzola, «Aplicaciones de la estructura donal según Leonardo Polo a la vocación del amor humano», en El hombre como solucionador de problemas, Cuadernos de Pensamiento Español, n.º 57, Universidad de Navarra, 2015, pp. 151–159.

Continuar

De la mirada a la práctica

Esta antropología orienta mi trabajo profesional, mi forma de evaluar y el modo en que entiendo la educación. Abordar así a la persona nos descubre el valor de educar, nos entrega el manual para entender los errores y dificultades, así como a enfocar lo que realmente importa en cada persona y en nuestra vida. Evidentemente la naturaleza humana está herida por el pecado, por lo que no se comprende sin la gracia, don necesario que viene por muchos cauces, siendo la vida de profunda fe y búsqueda de santidad de la mano de María Santísima la más importante y cercana.