Más de 20 años acompañando a adolescentes y a los adultos que tienen la responsabilidad de educarlos. En este tiempo he aprendido que la primera explicación rara vez es toda la explicación. Los malos resultados pueden esconder una técnica deficiente, pero también miedo, desorden, cansancio, una dificultad familiar, falta de sentido o una capacidad que aún no ha encontrado cómo expresarse.
Por eso considero que la orientación no se puede reducir a pasar pruebas, emitir informes o corregir conductas. Evaluar bien exige escuchar lo profundo, relacionar información de todas las dimensiones humanas y distinguir lo urgente de lo importante. A veces hay que intervenir; otras, ayudar a una familia o a un profesor a mirar de otro modo; otras solo acompañar.
La persona no vale porque rinda más o menos: vale por sí misma.
El aprendizaje debe ayudarle a conocer la realidad, conocerse y descubrir qué cómo puede darse.
Sin darse no hay plenitud.